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Semana Santa

La montaña de la fe y la reflexión

Nacho Sáez
28/03/2013

Cientos de personas acompañan con velas el vía crucis por la huerta de los Padres Carmelitas, que esquivó la lluvia

 

Las puertas del convento de los Padres Carmelitas se abrieron a las ocho y media en punto y de allí surgió imponente el 'Cristo de la Buena Muerte' (autor anónimo, siglo XVII). La tan temida lluvia había aparcado esa furia que mantiene en vilo a toda la provincia y especialmente a los amantes de la Semana Santa. Decenas de personas esperaban a las puertas de la capilla, con velas y la noche cerniéndose sobre sus cabezas. La Catedral, el Alcázar, la Veracruz y las iglesias de San Andrés y San Esteban –maravilloso paisaje de fondo del Vía Crucis Penitencial de los Padres Carmelitas– se iluminaban para acompañar el recorrido por la huerta en la que rezaba y meditaba San Juan de la Cruz.

Arriba les esperaba la ermita, pero antes el camino debía servir a los fieles para reflexionar sobre su existencia y especialmente sobre el ejemplo dado en el calvario hasta la cruz por Jesucristo. El escenario era el ideal para el recogimiento y la oración, y las personas que acompañaron la talla por el camino hasta lo alto de esa montaña que se erige sobre el hogar de los Padres Carmelitas se sumergieron en ese inigualable momento para la fe.

Se esquivó la lluvia que hace un año obligó a realizar el vía crucis en la capilla. Flotaban algunas nubes amenazadoras, pero la Junta de Cofradías, que es la institución que se encarga de organizar este acto religioso, enseguida informó a todos los presentes que el 'Cristo de la Buena Muerte' iba a completar el camino por la huerta. En medio de un silencio que envolvía comenzaron las estaciones, relato del camino de Jesucristo hasta la cruz. El Señor es condenado a muerte y desde mismo momento no deja de ofrecer ejemplos de solidaridad, compasión y sacrificio a los demás. «Ayúdame a aceptar los errores como tú aceptas los míos. Dame fortaleza para luchar», se ruega en la plegaria, acompañada siempre, esta, por una oración.

Los fieles forman una fila de la que no se divisa el final camino arriba y siguen con devoción cada uno de los relatos que se transmiten. En medio de la noche se pierde de vista el convento de los Padres Carmelitas y se avanza en lo que se asemeja a escalar una montaña. Pero no se trata, en esta ocasión, de disfrutar de la inmensa naturaleza y el magnífico paisaje que protege este lugar, sino de que cada fiel mire hacia dentro de sí mismo y valore y tome como modelo los actos que adornaron a Jesucristo en sus últimos momentos antes de ser crucificado.

Catorce estaciones

Es un sendero de luz y la demostración de que después de la muerte hay una esperanza. Las velas que portan los fieles iluminan el ejemplo de Cristo en medio de uno de los actos más esperados de la Semana Santa segoviana por la belleza de las panorámicas que proporciona el recorrido. Una, dos, tres, cuatro, cinco... Hasta catorce estaciones relatan el camino hasta la cruz y ofrecen innumerables enseñanzas perfectamente aplicables a los actuales momentos de desánimo que vive la sociedad. El obispo de Segovia, Ángel Rubio, que toma la palabra instantes antes de cerrar la celebración en la huerta de los Padres Carmelitas, recurre a una cita del Papa Francisco I para exhortar a los presentes a que cumplan una serie de mandatos en sus vidas diarias. «Decía el Papa Francisco que no seáis nunca hombres y mujeres tristes. No os dejéis vencer por el desánimo porque gracias a Jesucristo en ningún momento vamos a estar solos», transmitió el prelado de la Diócesis de Segovia, entusiasmado por la gran cantidad de «segovianos y segovianos» que fueron a vivir el vía crucis «por esta montaña por la que también San Juan llevó la cruz».

Las numerosas figuras que se entrecruzan en las últimas horas de la vida de Jesucristo, cree Ángel Rubio, que pueden servir de ejemplo a los fieles que no saben hacia dónde dirigir sus vidas en este momento. Evocó el recuerdo de Simón de Cirene, que ayudó a Jesús a llevar la cruz hasta el lugar en el que sería crucificado. «Gracias a Dios hay muchos cirineos en nuestra sociedad», se alegró el obispo, al mismo tiempo que recordó la «solemnísima» profesión de fe que realizaron los soldados que acompañaban a Cristo. «Os podéis identificar con ellos y con muchos otros», dijo Rubio dirigiéndose a los fieles.

Sus palabras pusieron el punto y final a un acto en el que las velas sirvieron para iluminar el camino que todos los creyentes, por medio de las enseñanzas de Jesús, deben seguir para llegar hasta Dios. Y de fondo atronaron los sonidos del 'Silencio del Tambor'.

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